El día de la anarquía y la infamia

Hoy hace exactamente cuatro meses, el 8 de agosto de 2011, aun sin poner en marcha este blog para contarlo y ya presente en la ciudad de Manchester con apenas un mes y medio de antigüedad, viví una de las experiencias más impresionantes de mi vida al presenciar en directo y con todo lujo de detalles uno de los hechos más noticiables del año en Reino Unido: los disturbios que tuvieron lugar con motivo de la muerte de un joven de raza negra en Londres a manos de la policía británica, en mi caso en Manchester.

Antes de meterme en lo que es puramente experiencia personal haré una contextualización de la situación para los que no sepan de qué estoy hablando. Cuatro días antes, el 4 de agosto, la policía acababa con la vida de Mark Duggan en el puente de Ferry Lane, cerca de la estación de Tottenham Hale, en Londres. Se le relacionó con temas de tráfico de drogas, pero rápidamente se relacionó con la mala relación de la policía con la comunidad negra de Inglaterra, así como el desempleo crónico y la falta de acceso a la educación de este colectivo social. Al final el resultado fue una mezcla de ésto con la profunda crisis económica que existe en Reino Unido, con unas altas tasas de desempleo y permanentes recortes en los servicios públicos, y esa subcultura que se ha creado en este país en el que se da un sentimiento underclass, por el que los jóvenes buscan el trabajo fácil y la gratificación inmediata, y la apología de la cultura de pandillas y la idea del “derecho” al disturbio y a la irresponsabilidad social que se da entre los jóvenes británicos, sobre todo en los barrios más pobres, donde se los ha dejado de atender y de educar y se forman cada más y más delincuentes juveniles.

El 6 de agosto pudimos ver en la televisión como la violencia alcanzaba las cotas máximas en el barrio londinense de Tottenham, y al día siguiente cómo continuaban, extendiéndose a otras ciudades británicas como Birmingham, Bristol, Liverpool o Leeds. Los disturbios nos rodeaban, pero no nos alcanzaban. Pero el 8 de agosto todo amaneció distinto, los disturbios continuaban en Londres y Birmingham y el la idea sobre posibles disturbios en Manchester comenzaba a correr como la pólvora.

A las 12,30 horas salíamos de la academia y varios de nuestros compañeros nos comentaron que habían oído que ya estaba pasando algo en Salford, ciudad dormitorio del área metropolitana de Manchester. Casualmente varios de nuestros compañeros vivían allí en una residencia y como otros martes celebraban allí una cena a la que estábamos invitados (de esas cenas británicas que arrancan a eso de las cinco de la tarde) y para allá fuimos. Cuando llegamos a la residencia se respiraba total tranquilidad, pero la cena se había suspendido. Un fastidio, porque el personal iba hambriento, así que decidimos emprender nuestro regreso hacia el centro cuando la policía nos sorprendió con que el transporte había sido suspendido y que nos andáramos con cuidado porque los disturbios se encontraban en los alrededores de la residencia.

Al principio nos lo tomamos a broma, pero cuando empezó el movimiento masivo de coches y furgones policiales desde la comisaría que se encuentra pegada a la residencia comenzamos a creérnoslo. Aprovechamos la altura del edificio para subir a una planta alta y observar el espectáculo. Un ingente número de personas saqueaba un centro comercial cercano y una enorme columna de humo nos mostraba la envergadura de lo que allí sucedía. Tras más de una hora allí nos informaron de que la policía había acordonado la zona y una fuente bastante mal informada nos comunicó que el transporte volvía a funcionar, así que dedidimos emprender nuestra vuelta al centro, no sin antes hacer la visita de rigor del buen curioso a la zona afectada. Cuando llegamos allí, a pocos metros de la residencia la policía mantenía el cordón de seguridad, pero al fondo, entre el humo del edificio incendiado se podía ver la batalla campal con los saqueadores y violentos. La policía no nos dejaba acercarnos, pero nos movimos dando un rodeo a ver si podíamos observar mejor la situación. La nueva zona, detrás del centro comercial, parecía desierta, hasta que un gran grupo de jóvenes encapuchados aparecío y después de arrancar varios ladrillos de una pared la tomó con los pocos escaparates que quedaban sin destrozar. Esa impresionante situación y la falta de policía que caería de un momento a otro nos hizo decidirnos. Había que ir a coger el autobús y volver, no fuera a ser que nos llevaramos algún regalo indeseable para casa en esa tarde.

Una vez en la parada un hombre nos comunicó que efectivamente el servicio de transportes seguía suspendido, así que cogimos un taxi. El taxista ante la insistencia de nuestras preguntas nos comentó que por el centro debía estar pasando también algo, aunque no le dio demasiada importancia. Eso sí, cuando estábamos ya casi en el centro, llegando por Sackville Street junto a la Portland Tower a escasos minutos de Piccadilly Gardens (nuestro destino), el hombre paró el vehículo y nos dijo que bajáramos, porque el no continuaría el trayecto hasta el final. Aceptamos con sorpresa, le pagamos y bajamos para terminar el recorrido a pie en busca de un autobús de vuelta a casa. A los pocos metros, giramos en Portland Street y por fin descubrimos que encendió los temores del taxista descubriendo el verdadero significado de la palabra anarquía. Un enorme grupo de jóvenes encapuchados caminaba hasta que llegaron a la tienda de instrumentos Dawsons, donde la emprendió a patadas hasta destrozar su escaparate y hacerse con todo lo que podían coger en su interior. La gente corría con teclados y guitarras poseídos por la locura, mientras otra gente, la gente que se encontraba en ese momento por la calle huía despavorida huyendo de los problemas, entre ellos un joven que al vernos paralizados observando la situación nos grito “¡¡¡Es la anarquía!!!”.

Viendo lo peligroso de la situación y con la llegada de algunos vehículos policiales y agentes a caballo, el manager de un restaurante italiano de Portland Street nos aconsejó que entrásemos en su establecimiento para evitar problemas. El hombre nos comentó que nos cuidaramos de estar cerca de esa gente, que eran gente sin trabajo, delincuentes que ni tenían ni querían trabajo y que sólo estaban allí para destrozar y saquear. Al parecer los disturbios por el centro habían durado toda la tarde y habían dado mucho trabajo a los policías, e incluso se habían incendiado algunas tiendas. Mientras la marabunta se repartía por las calles aledañas, como Princess Street y Oxford Street, además de camino a Piccadilly, hicimos tiempo y cenamos en el restaurante italiano a un precio especial que le regateamos a nuestro protector, hasta que se vio que las calles retomaban la calma.

Y efectivamente al salir, una hora después se respiraba tranquilidad por lo que decidimos volver a intentar ir a coger un bus a Piccadilly. Caminamos el corto recorrido hasta nuestro destino, y cuando dimos la vuelta a la esquina… el apocalipsis. Una plaza llena de encapuchados apareció ante nosotros, campando a sus anchas ante la falta de policía. Con enorme violencia saqueaban todos los establecimientos de este famoso rincón mancuniano, sobre todo en aquellos lugares donde se podían hacer con alcohol y tabaco, como el Spar o el Tesco. La situación sobrepasaba todos los límites y el hecho de que no hubiera un sólo policía nos dejó atónitos a la vez que nos dio fuerzas para volver a casa a pie, por muy lejos que tuvieramos que ir. Esa imagen no se me borrará de la cabeza, porque para mi la anarquía por fin encontraba un significado claro con una demostración práctica que nos dejó a todos en estado de shock.

Por suerte para ciudad y ciudadanos la cosa quedó en eso y los días siguientes no se volvieron a repetir unos disturbios que fueron decayendo hasta desaparfecer en todo el país. Durante los días siguientes el centro de la ciudad fue un fortín y se encontraban tres o cuatro policías cada diez metros, numerosos furgones y muchos agentes a caballo que cubrían todos los rincones para evitar una reedición de ese fatídico día 8 que conmocionó a la gente de Manchester y se podía observar el resultado de unos disturbios que se habían extendido por todo el centro en numerosos establecimientos de Market Street, el centor comercial Arndale o Deansgate. Por la calle se veían a pequeños grupos de potenciales saqueadores haciendo la ronda para ver si se podía repetir hazaña, pero el control de la policía les dejó con las ganas. Incluso se me quedará marcado cómo en el autobús en Piccadilly, el día siguiente a los hechos, un encapuchado con cara de pocos amigos se sentó junto a nosotros y nos preguntó que si habíamos venido de compras, añadiendo que “las compras serán mañana”. ¿Estaban organizados? Yo creo que sí, tanto por las palabras de ese hombre, como viendo como durante los disturbios algunos de los implicados de mayor edad no saqueaban e iban dirigiendo a los que hacían el trabajo sucio, sobre todo adolescentes e incluso niños que no aparentaban tener más de 12 años.

La presencia policial de los días que siguieron a los disturbios estuvo también acompañada de un movimiento popular muy fuerte bajo el lema de “I love Manchester” en el que numerosos grupos de personas, sobre todo jóvenes se dedicaron a ayudar limpiando y recogiendo todo lo destrozado por los delincuentes encapuchados, además de publicitar la ciudad entre la gente, promoviendo un mensaje de paz y dejando mensajes en todos los rincones del centro urbano.

La verdad que fue una experiencia queme alegra haber vivido por lo histórico de la situación y por la experiencia que me reporta. Fue para mi un hecho fuera de toda naturaleza, exagerado en cuanto a violencia, sorprendete por no haber visto nada igual en mi vida, chocante por la ineficacia policial, e increíble por no poderme explicar que puede llevar a tanta gente, a tantos jóvenes a saquear y a destrozar sin sentido, sin razón. Ellos sólo estaban allí para robar y para hacer añicos los establecimientos aprovechando la coyuntura. Nada tenía explicación esa tarde, sólo definición, anarquía, pero una anarquía que sacó lo peor de las personas allí presentes. Quizás, en realidad, se pueda definir con dos palabras: anarquía e infamia.

Y punto y aparte de toda mi experiencia aquí contada, para ilustrar un poco mejor lo que fue aquel terrible día os dejo a continuación una serie de vídeos en los que os podéis hacer idea de la magnitud de lo aquí sucedido.

 

 

 

 

 

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Acerca de Antonio S. Sánchez

Soy abulense y orgulloso de serlo, con mis orígenes en un pueblo de la Sierra de Gredos llamado Navadijos, licenciado en Periodismo por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. He trabajado en varios medios de comunicación, como la Agencia EFE o los periódicos 20 minutos y Diario de Ávila, además de que he sido parte activa de Cadena Ser Ávila en un espacio sobre cine. Posteriormente realicé un Máster de Producción Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid y he trabajado dentro de este campo en televisión, videoclips, publicidad e internet. Después de una pequeña temporada en Manchester (UK), reforzando mi inglés, estoy de vuelta a España y concretamente a mi ciudad, donde he vuelto a trabajar dentro del Departamento de Prensa de la Delegación Territorial de Ávila de la Junta de Castilla y León. Actualmente estudio fotografía para seguir abriendo campos de acción y escribo en otros dos blogs aparte de este: http://abulensesexiliados.wordpress.com/ & http://www.tribunaavila.com/blogs/el-baul-del-atrezzo en el diario Tribuna Ávila.

Publicado el 9 diciembre, 2011 en Manchester y etiquetado en , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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